lunes, 20 de septiembre de 2010

Te odio tanto que me alegra tu muerte!

POR LA CALLE DEL MEDIO
19/09/2010

Lo sucedido en torno a Franklin Brito, Luis Ceballos, Luis Guillermo García Ponce y William Lara, son peligrosos indicadores de una sociedad que se desintegra en dos bloques, motivado aparentemente por lo político. Ricardo Sucre, hace 12 años (1998), publicó un libro titulado “la amenaza social y el autoritarismo en Venezuela”, en donde hace alusión a la ruptura social en Venezuela, cuyo origen lo remonta a los hechos del “caracazo”, donde se produjo una confrontación entre clases o grupos sociales que se caracterizaban entre ricos y pobres.

Es bien sabido que el discurso previo y posterior a la victoria del presidente Chávez, se apalancó en esta confrontación interclases sociales, en donde Chávez se erigió como el gobernante de los pobres. Gran parte de las políticas públicas y recursos discursivos se dirigieron hacia la inclusión social, causada por el favorecimiento que las grupos oligárquicos (grupos que poseen recursos políticos y económicos) en Venezuela, así como la reducción de políticas sociales orientadas hacia el beneficio de los más pobres, producto de las asesinas medidas neoliberales iniciadas en su aplicación por Lusinchi, y profundizada en los segundos gobiernos de Pérez y Caldera. Por parte de la oposición, se construyó un discurso que confrontaba con el del presidente, a través de la creación de un imaginario colectivo en donde el gobierno atentaba contra la propiedad privada, desposeyendo de beneficios a los emprendedores individuales, premiando a los flojos, pobres, parásitos de las clases con menos recursos. Ésta situación produjo una fuerte confrontación que acentuó esas diferencias descritas por Sucre en su libro, en donde el pobre era visto como mono, choro, malandro, los cuales iban en contra de lo que con tu trabajo te habías ganado, para desposeerte a la mejor usanza del viejo oeste, a punta de pistola y montado en una moto; mientras que los de clase media o alta, ricachones, oligarcas, eran visto como los vivos históricos que se apropiaron de lo que era de todos, y se beneficiaron de los recursos de un Estado que solo favorecía a las clases medias y altas.

Políticamente trajo beneficios, pues se construyeron discursos integradores y se caracterizó social, cultural y políticamente a quienes eran de “cada bando”, pero generó una profunda brecha social que actualmente nos hace una sociedad frágil y con niveles de violencia política latentes, que se expresa en el verbo de forma criminal e inhumana. Recuerdo como en el twitter se expresaban los “chavistas” de la muerte de Franklin Brito, como una muerte de alguien que decidió morir, catalogándolo como un vil canalla que pretendió hacerse de los recursos de los medios de comunicación para reivindicar una picardía, pues lo que exigía no era justo ni legal; mientras que los “opositores” consideraban este acto como heroico y bandera de la defensa de la propiedad privada y las fechorías que el Estado le ha hecho a los venezolanos de quitarte lo que es tuyo. ¿Quién tiene la verdad, que es cierto? Para los chavistas sus argumentos son ciertos, son la verdad, mientras que para los que no lo son sus argumentos también son la verdad. Definitivamente, la verdad es solo aquello que queremos creer, y quizás por ello existe la fe. Más preocupante y repugnante fue lo que sucedió en torno a William Lara, Luis Ceballos y García Ponce. Si bien se puede entender que existen diferencias políticas irreconciliables entre tendencias partidistas, no se puede aupar, ni entender que se haga sátira, burla, motivo de celebración, el hecho de que una persona fallezca por motivos naturales o trágicos. Leí a personajes públicos con un grupo importante de seguidores (personas que pueden ver lo que escribe), referirse en tono de chanzas a lo sucedido. Y claro, si nos remontamos unas semanas atrás, con la muerte de Tascón, fue incluso más ofensivo aún los comentarios y “cadenas” en las redes sociales despotricando la vida y celebrando la muerte de Luis Tascón.

Por más que las diferencias sean profundas y acentuadas, la lucha por el poder no debe obnubilar nuestra condición de humanos, de seres sociales, pues en ese momento empiezan a construirse las identidades asesinas a partir de eso que llaman los sociólogos la dialéctica de la negación del otro: “soy en la medida en que me diferencio de lo que no soy, y lo que no soy no debe existir, y carece de humanidad”. Y ello enmarcado en lo más reciente, pues si nos vamos a lo que no es coyuntura, sino a los “deseos estructurales”, muchos son los opositores que desean con fervor y fe, la muerte de Chávez, y algunos de sus personeros más cercanos.

Para desandar el camino de la violencia, mucho pueden hacer aquellos que gobiernan o pretender gobernar. Sembrar el odio no se trata de un medio para obtener un fin político, sino de un acto criminal, pues sus acciones y palabras son un eco que se siembra en los imaginarios políticos. Sancionar a quienes lo promueven, como se ha anunciado, es un acto desequilibrado, pues también desde las estructuras del poder se realiza impunemente. Pero también es una labor social, pues debe partir desde la célula de la sociedad, la familia, donde sin caer en el plano de la despolitización y la asunción de posturas indiferentes frente a la política, se debe inculcar el valor del respeto humano, los derechos que como seres vivos tenemos. Manos a la obra.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Descentralización e inseguridad

POR LA CALLE DEL MEDIO
05/09/2010
http://www.diariolaregion.net/seccion.asp?pid=29&sid=1567¬id=97410&fecha=09/05/2010

Desde que en los años 80, la Comisión Presidencial para la Reforma (Copre), profundiza el debate intelectual sobre la necesidad de desconcentrar y descentralizar las funciones del Estado, el tema sobre lo sui generis de la descentralización político-territorial presente en la Constitución del 61 es retomado con vigor. Importantes estudios y reflexiones se dieron a conocer, y foros, grupos de investigación, espacios para el debate fueron surgiendo con la inquietante propuesta de desarrollar la descentralización. Sin embargo, la tendencia a desmontar las grandes y numerosas responsabilidades en los ejecutivos nacionales, obedecía a recomendaciones que venían importadas principalmente desde las academias norteamericanas, y su mayor motivación, era asemejar los sistemas democráticos latinoamericanos al de los Estados Unidos, una forma distinta y moderna de coloniaje, claro, acompañado de las “necesarias reformas” en materia económica. Es conocido en papel que jugó la comisión trilateral compuesta por Michael Crozier, Samuel Huntington y Joji Watanuki, el segundo de ellos por cierto uno de los intelectuales que justificaron académicamente la intervención grosera de los Estados Unidos en los países Árabes.Esta comisión, trató aspectos relevantes para el futuro de las democracias, llegando a una de sus conclusiones, que el estado no tenía la capacidad de satisfacer las demandas sociales, por lo que era importante desconcentrarlo, transfiriendo sus competencias hacia el sector privado y otras formas de organización del sistema político, principalmente de los Estados Unidos, Japón y Francia, pero que luego fue presentado como la fundamentación para el pensamiento neoliberal que se reimpulsó desde la década de los 70 hasta nuestros días. Bajo este precepto, países como Bolivia, Venezuela, Colombia, iniciaron procesos de reforma de los sistemas políticos, introduciendo cambios en la organización de las formas de gobierno, pero bajo la premisa de tomar a los Estados y Municipios (en el caso venezolano) como figuras ajenas al Estado y a su control, y mal entendiendo la autonomía con una pseudoindependencia –forma distinta pero muy similar en la dinámica de la privatización- frente a la posibilidad de consolidar la idea de nación y soberanía nacional. Considero que la descentralización político territorial se dio más como salida a las presiones que sobre el gobierno ejercía una sociedad agotada del impacto económico y social del paquetazo neoliberal de CAP II, que como respuesta a las demandas de grupos de presión para hacer realidad lo consagrado en la Constitución del 61 sobre lo de Estado Federal, pero solo lo comento, pues esto es harina de otro costal. En este proceso de transferencia, vino dado la creación de las policías administrativas, propias de los municipios, y las policías estadales. Claro, esto generó una mayor presencia policial, no hay duda, pero también degeneró en una gran descoordinación policial, pues a pesar que en el Ministerio del Interior existía –y aún existe en el actual MPPIJ- una dirección general de coordinación policial, el desorden entre policías, y las ansias propias de querer erigirse como autónomas que se confunden con “absolutamente independiente”, creó lo que en otras oportunidades he considerado como una relación de príncipes con monarcas, propias de nuestro siglo XV. Esta situación era grave, pero se complica a niveles escandalosos cuando le agregamos el componente político ideológico. No voy a extenderme en argumentar que en Venezuela existe una notoria división política producto de los conflictos irresolubles aún entre gobierno y oposición, pero ello ha redundado en un obstáculo difícil de franquear para planificar de forma conjunta políticas tan necesarias en nuestro país como lo es en materia de seguridad. Con una inseguridad que aún, a pesar de los logros del actual gobierno en su disminución, mantiene situado a la sociedad venezolana, es cruel y criminal que los gobernantes de distintas toldas políticas por no comulgar en las mismas iglesias de las ideologías políticas, no puedan llegar a acuerdos mínimos de coordinación. Y ello sin tomar en consideración al perverso uso de las policías para atentar en contra de la propia democracia, me refiero a los dantescos sucesos del 11 de abril de 2002. En ese escenario, es perentorio apelar a la imposición por parte del gobierno nacional de políticas en materia de seguridad, pues un problema que lamentablemente se politiza y cuyas consecuencias se cuentan en número de muertos y NO EN NÚMERO DE VOTOS, se convierte en un asunto de Estado. Pero esta imposición debe partir de la conciliación con los gobernantes en ejercicio en un dialogo franco y constructivo que tenga como objetivo lograr acordar acciones conjuntas, para evitar que el conflicto se aumente en un espiral perverso de violencia. Los escenario se han abiertos, pero algunos gobernadores y alcaldes miopes no han atendido y entendido el llamado. La solución creo que no pasa por transferir competencias de seguridad a quien no le compete, ni mucho menos retroceder en materia de descentralización. Creo que la solución pasa por “imponer” –pues lamentablemente de forma voluntaria las diferencias políticas impiden cualquier intento cordial de coordinar acciones- espacios para la coordinación, ejecución, seguimiento y control de políticas de seguridad, no transitorios ni temporales, sino permanentes e institucionales. El DIBISE es una alternativa temporal, la Policía Nacional sin temores ni planteamientos tímidos y a medio pelo, es una solución. Siempre y cuando se partan de criterios técnicos- políticos y no exclusivamente ideológicos y partidistas.